VOTO TOLERANCIA
La intolerancia, que consideraba un mal propio de la adolescencia, por aquello de la falta de madurez emocional y de formación e información, compruebo con estupor que es también un signo de identidad en adultos y letrados.
Si se trata de ser selectivo con la gente según su grado de maldad, totalmente de acuerdo: con la violencia, tolerancia cero. Cierre de puertas. Pero no admitir a tu lado a personas por no pensar igual y porque decidan libremente votar a determinados partidos políticos, más parece una actitud y determinación propia de un ser dictatorial; de una persona endiosada y segura de poseer el derecho a juzgar algo tan íntimo y complejo como la decisión de voto de los demás. Además de tener una laguna tan significativa como la de olvidar que las personas somos mucho más que una opción política por la que decantarnos.
Ningún alegato, por muy bien hilvanado que esté, me parece de recibo para justificar ese despropósito. Cada persona es un mundo y sus válidas razones tiene para decidir que papeleta introduce en la urna. Si el partido político por el que ha optado termina realizando una mala o nefasta gestión gubernamental en nuestro país, no convierte al votante en una mala persona y menos aún merecedora de descrédito ni rechazo.
Nadie tiene el derecho a señalar con el dedo acusador y no porque “quien esté libre de pecado que tire la primera piedra” pues votar a un partido, se llame como se llame y gobierne como gobierne, no es un pecado; es, pese al intolerante de turno que le pese, un ejemplo de LIBERTAD.
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