Los miedos, aunque puñeteros e indeseables, son necesarios y
gracias a ellos, conocemos el sentido del
valor. Forman parte de nuestro avatar diario y todos tienen su
fundamento y un encuadre (etapas). No
sentir miedo a nada significaría estar muertos, como tener un encefalograma
plano, pero en lo que a emociones y
sentimientos se refiere. Lo difícil es lidiar con ellos, particularmente cuando
se convierten en fobias y/o ansiedades; cuando el sentido común se aturde.
Todas las personas hemos sentido esa sensación de
inseguridad/terror hacia alguien o algo: lo desconocido, el dolor, los
fantasmas, los muertos, la sangre, determinados insectos, hablar en público, a
alguna persona en concreto, a la muerte, a la oscuridad, la soledad... Este pavor que, a veces, hasta nos paraliza (alguno,
incluso requiere de ayuda psiquiátrica) hay que convertirlo en un reto, no en
una resignación y jamás, ridiculizarlo por muy irracional que parezca.
En esta entretenida
(jodida, también, sí) tarea de vivir el peligro, se desarrollan habilidades,
realizamos apasionantes descubrimientos, fomentamos fortalezas, elaboramos
estrategias, nos aliamos con el control y la desenvoltura... Nos desarrollamos,
crecemos. Se avanza. ¡Caramba, qué estamos vivos!
Y cuando consigues superar un miedo --luego llegarán otros e
incluso ligados con residuos de anteriores ¡glup!-- la sensación de bienestar
es tremenda, como un orgasmo espiritual, que diría un amigo.
Aún reconociendo cuánto me asustan hoy las personas
manipuladoras y las fanáticas y las extremistas, ello me ayuda en mi sueño de algún día, neutralizar esa desazón... y a
lograr ese orgasmo tan particular. ¡Ejem!
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