martes, 2 de julio de 2013

¿QUIÉN DIJO MIEDO?

Los miedos, aunque puñeteros e indeseables, son necesarios y gracias a ellos, conocemos el sentido del  valor. Forman parte de nuestro avatar diario y todos tienen su fundamento y un encuadre (etapas).  No sentir miedo a nada significaría estar muertos, como tener un encefalograma plano, pero  en lo que a emociones y sentimientos se refiere. Lo difícil es lidiar con ellos, particularmente cuando se convierten en fobias y/o ansiedades; cuando el sentido común se aturde.
Todas las personas hemos sentido esa sensación de inseguridad/terror hacia alguien o algo: lo desconocido, el dolor, los fantasmas, los muertos, la sangre, determinados insectos, hablar en público, a alguna persona en concreto, a la muerte, a la oscuridad, la soledad...  Este pavor  que, a veces, hasta nos paraliza (alguno, incluso requiere de ayuda psiquiátrica) hay que convertirlo en un reto, no en una resignación y jamás, ridiculizarlo por muy irracional que parezca.
En esta  entretenida (jodida, también, sí) tarea de vivir el peligro, se desarrollan habilidades, realizamos apasionantes descubrimientos, fomentamos fortalezas, elaboramos estrategias, nos aliamos con el control y la desenvoltura... Nos desarrollamos, crecemos. Se avanza. ¡Caramba, qué estamos vivos!
Y cuando consigues superar un miedo --luego llegarán otros e incluso ligados con residuos de anteriores ¡glup!-- la sensación de bienestar es tremenda, como un orgasmo espiritual, que diría un amigo.

Aún reconociendo cuánto me asustan hoy las personas manipuladoras y las fanáticas y las extremistas, ello me ayuda en mi sueño  de algún día, neutralizar esa desazón... y a lograr ese orgasmo tan particular. ¡Ejem!

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