lunes, 24 de junio de 2013

IRENE


Estoy muerta y mi visión es completamente nítida. No uso ya las turbias lentes de lo material. Desde la claridad de aquí no dudo en que lo voy a conseguir: la encontraré. Reconozco no ser consciente del momento en que la perdí, ni siquiera si fue ella quien se perdió, ni el porqué, ese, a veces, tan inaccesible “porqué” que todas las personas poseemos. Pudo ser por el color rojo; casi nunca  lo llevé puesto.
En mi búsqueda, me he posado en esa sala. El joven, Carlos, explicaba el simbolismo del color rojo en referencia a una particular visión de Las Meninas plasmada por Reyes de la Lastra en un cuadro. Y recordé cuando ella se burlaba de mi afán por visitar las exposiciones artísticas de cada lugar al que viajábamos. Ahora, aún deseando más que nunca sus bromas, me deleito rozando con mis dedos cada obra, las puedo oler, sentir... Nadie me ve.
César no le prometió la Luna, ni la llamó princesa. Le ofreció pitillos de maría y jijijijajajás sin sentido. Y sus “me la chupas, carajo” o “cómo me pone tu pirsin en el pezón” a ella le sonaba a música rap, su favorita entonces; o lo que es lo mismo: “Nada ni nadie me separará de ti”. No lo entendí, no supe comprenderlo. Me aferré a las formas –y esas, me resultaban desagradables—olvidando el inmenso valor de las esencias. Y la perdí.
Ahora miro a esa chica, Fátima, es muy bella. Pero no lo sabe aún. No se lo termina de creer y corre a refugiarse de todos sus problemas en David, quien no la ama. La utiliza como un abalorio de lujo con el que presumir ante su gente, que no es la de Fátima. Este chico si emplea palabras bien sonantes, sin embargo, hace lo que le viene en gana. La hermosa joven necesita creerle a toda costa pues le aterra enfrentarse sola a su realidad, forjada por una familia que la protegió en exceso; no es que la ayudaran siempre a levantarse, es que jamás permitieron que tropezara siquiera. Le quiero decir que no pierda su dignidad, pero no poseo voz. Antes, de poco me sirvió tenerla. Tal vez, en mí búsqueda, me tope con la madre de Fátima.
Observo a una señora, Lola. El traje que lleva la está asfixiando. Será complicado que logre deshacerse, a pesar de sus intentos, de un ropaje cosido con los hilos del lastre de siglos de opresión machista. Lamentable, sus amigas, lejos de desabrocharla, le aprietan cada vez más. Vuelvo a recordar los corsés de Las Meninas, también atrapadas en un lienzo eterno.
La sigo buscando. Pero no, no es ella. Se llama Mariana --¡cómo la protagonista del cuadro!--, una adolescente con la sensibilidad a flor de piel, pero maquillada hasta las cejas para crear así su propia coraza. Está dispuesta a labrase un futuro como artista musical. Su madre, Luisa, la disfrutó poco; una paliza de un canalla que no aceptaba la naturalidad con la que asumía la sexualidad lésbica de su hija, le sesgó la vida terrenal, luego, probablemente también la halle deambulando por aquí arriba.
Esas risas ¡cuánto me la recuerdan! Son de unas mujeres de unos cincuenta o sesenta años de edad. Sorprendentemente, ríen a carcajadas como niñas. Disfrutan y se comen y beben la vida sin pudores. No tienen miedo pues ya sufrieron y lucharon bastante y, ahora, aún con la piel arrugada y los puñeteros sofocos, lucen más lozanas que nunca. Ese buen rollo que las entrelazan después de la adversidad (sororidad) es una actitud ejemplar para sus hijas. Buena lección chicas del mundo, doradas y de mil colores... como otra de las obras –Meninas de Tierra, de Amesa-- que llamó mi atención en la sala.
Presiento que está cerca. Ella, hasta que la perdí, me llamaba brujita, decía que siempre acertaba. Algún día descubrirá mi secreto: no era magia. Sencillamente, esa historia ya me la conocía aunque los personajes tuvieran otros nombres y se ubicaran en otros lugares. A quien veo es a María José, la reconcomen los celos por su hermana. Con el tiempo comprenderá lo infundado de su inseguridad y que una madre puede querer con igual intensidad, aunque con distintos matices, a diez hijas o hijos si hace falta y con el único interés de saborear la felicidad de su prole.
¡¡¡Es ella!!! Sentada en un escalón, rodeada de chicas y chicos de su edad. César, no está. Sin embargo, ella ríe. Tal vez ha comprendido que no necesita de abalorios para que la acepten. Tal cual, es divina. Me siento a su lado, entre su gente. No puedo decir que mi corazón palpita a mil porque ya no tengo, se hizo trizas y no hubo forma de repararlo. Ha cambiado. Es casi una mujer, pero su maravillosa mirada es la misma. Inconfundible. Vuelvo a recordar la exposición y a la obra de Ouka Leele. Con gran algarabía está enfrascada en la conversación entre amigas. Y, de nuevo, esa impotencia, de antes de perderla, por no saber cómo lograr que me sintiera cercana. La observo y mi orgullo y satisfacción es inmensa. Ha aprendido por sí misma y yo, que su rebeldía tenía una causa. Me hubiera gustado contarle que las claves para encontrarla las fui desgranando de una exposición de arte. Me hubiera regalado una carcajada, seguro. No tengo cuerpo, pero si energía, pues ni se crea, ni se destruye, se transforma y la mía se convirtió en la más serena de las sonrisas y si tuviera labios, en este preciso instante los hubiera decorado de rojo pasión, de amor de madre, como en el cuadro. ¡Y me vio! Nuestras miradas se fundieron en un abrazo eterno; en un guiño que confirma que, a pesar de todos los errores cometidos, las dos sabemos que  siempre estaremos ahí. Te quiero, Irene, mi hija.

Breve relato escrito por Mariló Gálvez

(Gracias a Global Art References y a la exposición 'Más Meninas y otras Meninas'  pues nos ofrece esa oportunidad para entender que, efectivamente, el Arte si puede cambiar el mundo)

3 comentarios:

Unknown dijo...

Es el mejor relato que haya podido leer. Muestra rabia con una mezcla de amor y nostalgia.

Me encanta!

Mariló Gálvez dijo...

Y esperanza, María José Gómez Ocaña, y esperanza!

Mariló Gálvez dijo...

Disculpa, María José, pero es que no vi antes tu comentario! Un abrazo enorme.