Estoy
muerta y mi visión es completamente nítida. No uso ya las turbias lentes de lo
material. Desde la claridad de aquí no dudo en que lo voy a conseguir: la encontraré.
Reconozco no ser consciente del momento en que la perdí, ni siquiera si fue
ella quien se perdió, ni el porqué, ese, a veces, tan inaccesible “porqué” que todas las personas poseemos.
Pudo ser por el color rojo; casi nunca lo llevé puesto.
En
mi búsqueda, me he posado en esa sala. El joven, Carlos, explicaba el
simbolismo del color rojo en referencia a una particular visión de Las Meninas plasmada por Reyes de la
Lastra en un cuadro. Y recordé cuando ella se burlaba de mi afán por visitar las
exposiciones artísticas de cada lugar al que viajábamos. Ahora, aún deseando
más que nunca sus bromas, me deleito rozando con mis dedos cada obra, las puedo
oler, sentir... Nadie me ve.
César
no le prometió la Luna, ni la llamó princesa. Le ofreció pitillos de maría y jijijijajajás sin sentido. Y sus “me la chupas, carajo” o “cómo
me pone tu pirsin en el pezón” a ella le sonaba a música rap, su favorita
entonces; o lo que es lo mismo: “Nada ni
nadie me separará de ti”. No lo entendí, no supe comprenderlo. Me aferré a
las formas –y esas, me resultaban desagradables—olvidando el inmenso valor de las
esencias. Y la perdí.
Ahora
miro a esa chica, Fátima, es muy bella. Pero no lo sabe aún. No se lo termina
de creer y corre a refugiarse de todos sus problemas en David, quien no la ama.
La utiliza como un abalorio de lujo con el que presumir ante su gente, que no
es la de Fátima. Este chico si emplea palabras bien sonantes, sin embargo, hace
lo que le viene en gana. La hermosa joven necesita creerle a toda costa pues le
aterra enfrentarse sola a su realidad, forjada por una familia que la protegió
en exceso; no es que la ayudaran siempre a levantarse, es que jamás permitieron
que tropezara siquiera. Le quiero decir que no pierda su dignidad, pero no
poseo voz. Antes, de poco me sirvió tenerla. Tal vez, en mí búsqueda, me tope
con la madre de Fátima.
Observo
a una señora, Lola. El traje que lleva la está asfixiando. Será complicado que
logre deshacerse, a pesar de sus intentos, de un ropaje cosido con los hilos
del lastre de siglos de opresión machista. Lamentable, sus amigas, lejos de
desabrocharla, le aprietan cada vez más. Vuelvo a recordar los corsés de Las Meninas, también atrapadas en un
lienzo eterno.
La
sigo buscando. Pero no, no es ella. Se llama Mariana --¡cómo la protagonista
del cuadro!--, una adolescente con la sensibilidad a flor de piel, pero
maquillada hasta las cejas para crear así su propia coraza. Está dispuesta a
labrase un futuro como artista musical. Su madre, Luisa, la disfrutó poco; una
paliza de un canalla que no aceptaba la naturalidad con la que asumía la
sexualidad lésbica de su hija, le sesgó la vida terrenal, luego, probablemente
también la halle deambulando por aquí arriba.
Esas
risas ¡cuánto me la recuerdan! Son de unas mujeres de unos cincuenta o sesenta
años de edad. Sorprendentemente, ríen a carcajadas como niñas. Disfrutan y se
comen y beben la vida sin pudores. No tienen miedo pues ya sufrieron y lucharon
bastante y, ahora, aún con la piel arrugada y los puñeteros sofocos, lucen más
lozanas que nunca. Ese buen rollo que las entrelazan después de la adversidad (sororidad)
es una actitud ejemplar para sus hijas. Buena lección chicas del mundo, doradas
y de mil colores... como otra de las obras –Meninas
de Tierra, de Amesa-- que llamó mi atención en la sala.
Presiento
que está cerca. Ella, hasta que la perdí, me llamaba brujita, decía que siempre
acertaba. Algún día descubrirá mi secreto: no era magia. Sencillamente, esa
historia ya me la conocía aunque los personajes tuvieran otros nombres y se
ubicaran en otros lugares. A quien veo es a María José, la reconcomen los celos
por su hermana. Con el tiempo comprenderá lo infundado de su inseguridad y que
una madre puede querer con igual intensidad, aunque con distintos matices, a diez
hijas o hijos si hace falta y con el único interés de saborear la felicidad de
su prole.
¡¡¡Es
ella!!! Sentada en un escalón, rodeada de chicas y chicos de su edad. César, no
está. Sin embargo, ella ríe. Tal vez ha comprendido que no necesita de
abalorios para que la acepten. Tal cual, es divina. Me siento a su lado, entre
su gente. No puedo decir que mi corazón palpita a mil porque ya no tengo, se
hizo trizas y no hubo forma de repararlo. Ha cambiado. Es casi una mujer, pero
su maravillosa mirada es la misma. Inconfundible. Vuelvo a recordar la
exposición y a la obra de Ouka Leele. Con gran algarabía está enfrascada en la
conversación entre amigas. Y, de nuevo, esa impotencia, de antes de perderla,
por no saber cómo lograr que me sintiera cercana. La observo y mi orgullo y
satisfacción es inmensa. Ha aprendido por sí misma y yo, que su rebeldía tenía
una causa. Me hubiera gustado contarle que las claves para encontrarla las fui
desgranando de una exposición de arte. Me hubiera regalado una carcajada,
seguro. No tengo cuerpo, pero si energía, pues ni se crea, ni se destruye, se
transforma y la mía se convirtió en la más serena de las sonrisas y si tuviera
labios, en este preciso instante los hubiera decorado de rojo pasión, de amor
de madre, como en el cuadro. ¡Y me vio! Nuestras miradas se fundieron en un
abrazo eterno; en un guiño que confirma que, a pesar de todos los errores
cometidos, las dos sabemos que siempre
estaremos ahí. Te quiero, Irene, mi hija.
Breve
relato escrito por Mariló Gálvez
(Gracias a Global Art References y a la exposición 'Más Meninas y otras Meninas' pues nos ofrece esa oportunidad para entender que, efectivamente, el Arte si puede cambiar el mundo)